Artículo publicado ayer martes, 27/12/2016, en el diario La Provincia/DLP


DE TODO UN POCO

Donina Romero

MI MADRE: UNA GRAN ARTISTA

Hoy deseo honrar la memoria de mi amada madre, exponiendo lo que para ella significó el Arte en todas sus dimensiones. Y me atrevo pese a prohibírmelo a mí misma cientos de miles de veces, porque mi progenitora nunca deseó que lo hiciera ya que entonces, para las mujeres artistas, salir a la luz pública se las juzgaba y miraba con otros ojos. Pero hoy he sentido la necesidad y la obligación de dar a conocer a una mujer que pudo haber sido una de las primeras figuras de las Letras en nuestra isla, y hasta quizá también de las primeras figuras del bell canto, si no hubiera sido por su humildad y temor. Mi madre, Dominga Mariana Hernández Monzón, nos hizo a sus cuatro hijos y esposo muy felices cuando nos demostraba su naturaleza tan artista que Dios le había concedido. Nació demasiado pronto, y para su época sólo podía aspirar a ser ama de casa.

Mi madre nos cantaba desde la cuna y con su hermosa voz de soprano ligera de gran alcance en los agudos, nos deleitaba con canciones antiguas, tangos de Gardel, zarzuelas e incluso ejecutando con habilidad y sin dificultad alguna, el canto de un pájaro mientras en un gorjeo difícil desgranaba aquellos agudos sonidos musicales que nos dejaban con la boca abierta porque no sólo era su vocal sino la fuerza interpretativa de los personajes. Sus zarzuelas preferidas de cantar eran “La Dolorosa”, “La del manojo de rosas” y “La Rosa del azafrán”. Como excelente rapsoda impostaba la voz en los graves, recitando poemas de Miguel Hernández, Machado, Béquer, etc, con una maestría digna de admiración. Escribía novelas, poesías, cuentos infantiles, narraciones cortas (con una caligrafía para enmarcar), publicaba artículos en La Falange y El Eco de Canarias, diseñaba nuestros vestidos, los abrigos, sombreritos y pamelas que ella misma confeccionaba y eran la admiración de sus amigas. A mí me tenía siempre vestida como una pepona, porque me encantaba la ropa que se inventaba y conmigo daba rienda suelta a los corceles de su fantasía creadora. Mientras cantaba en su jardín, cruzaba injertos de plantas de las que salían especies un tanto raras y carnosas. Y todo lo realizaba a través del arte. Pintaba al óleo, y aquella mezcla espontánea hacía aparecer unos cuadros abstractos con un luminoso arpegio de colores demasiado modernos para su época. Pero alguien entró un mal día en nuestra casa llevándose joyas y todos sus cuadros almacenados, y desde ahí jamás volvió a coger un pincel.

Hoy lloro su recuerdo y me duele el alma porque su silencio hacia su propio arte, su humildad hacia tanta creatividad, hizo que nos ocultara, quién sabe, un ardiente deseo de ofrecer a los grancanarios momentos de felicidad, porque cuando cantaba o declamaba, el silencio en nuestro hogar no tenía alas y se quedaba allí, entre sus hijos y su esposo, que nos emocionábamos con sus versos o aplaudíamos con entusiasmo sus canciones. Pero no pasábamos de ahí, porque la juventud es indiferente a todo lo que es Arte. A veces quiero gritar y desgarrarme este sentimiento que se aloja en mi pecho por tanta pena,

porque sus cuatro hijos no supimos, o no nos dimos cuenta, ponerla en el lugar que se merecía aquí, en la isla. En su sencillez, jamás nos insinuó siquiera que intentáramos publicar sus bellas novelas o sus poemas sacros y, por supuesto, ni un reproche a nuestra desidia. Tampoco mi buen padre la ayudó ni la animó, pese a tener carrera y una extensa cultura porque, como todos los maridos de su época, la quería en casa y con la pierna quebrada. Si mi madre tuvo ilusiones por ser alguien en el arte canario nunca lo supimos, pero en sus poemas creo que dejó reflejado de alguna manera el dolor de su secreto, el sentir de su artístico fracaso, pero escritos con tal ternura que leerlos es como mirar el cielo estrellado una cálida noche de verano. Guardo como oro en paño muchos de sus escritos, esperando que algún día vean la luz.

Pero mi hondo desconsuelo, mi llanto y mi pesar ya no tienen cura y continúan escondidos aruñando mi pecho. Y no me valen oraciones, ni pedirle perdón, para disculparme esta culpa y esta congoja que seguirá conmigo hasta la muerte mía, y con su nombre en mis labios. Hasta siempre, mi queridísima madre… Tú sí que fuiste una verdadera artista.

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