Artículo publicado hoy, 05/10/2010, en el diario La Provincia/DLP


DE TODO UN POCO
Donina Romero
AVISOS MORTUORIOS
No hace mucho leí en la prensa, una esquela con la emotiva dedicatoria de una viuda al esposo y en la que, creyéndolo tan natural como la nieve en invierno, decía, “a pesar de mi dolor me alegra tu marcha, no en vano haber dejado este horrible mundo ha sido lo mejor para tu alma, siempre tan sacrificada por nosotros. Espérame. Con todo mi amor, tu esposa”. ¿Quién da más? Lo curioso es que en la enorme misiva aparecía la fotografía del fallecido con una sonrisa de oreja a oreja, y unos ojitos pillos de haberlo pasado aquí requetebién. Por su aspecto, se veía claramente que el pariente nunca se dejó manejar por aquella mujer que, seguramente, intentó meterle el miedo en el cuerpo con respecto al mundo que por lo visto ella detestaba porque posiblemente no le ofrecía las cosas maravillosas que ella esperaba.
Y es que esto de las esquelas tiene miga para rato. Algo que nunca he entendido ni entenderé es que si al fallecido le dedican un “descanse en paz Antonio Rodríguez Sarmiento”, por ejemplo, por qué debajo y entre paréntesis le añaden, (“conocido por Andrés Padrón”) ¿? O ésa otra,”descanse en la paz del Señor, Inmaculada Martín Pérez” (conocida por Sionita Marrero”). ¿? O aquélla otra de “Dios te ha llamado a mejor vida”, ¿mejor vida, cuando aquí fue un parrandero-ronero que los fines de semana empataba el día con la noche con una guitarra al hombro y dos maracas en los pies, cantando con voz de caña rajada “¡ay, Teror, Teror!”, hasta desgañitarse? O aquélla otra, “tu espíritu desplegó sus alas y volvió a casa”. O sea, que aquí nos viene la duda de si “no le gustó aquello de Allá y regresó a la tierra, a su casita de la calle tal, número cual, o realmente se fue a la Casa del Padre” que, por otra parte, servidora estoy segura, como creyente, de que es la maravilla de las maravillas. A veces me puedo pasar hasta diez minutos descifrando alguna esquela en las que me pierdo y ya no soy capaz de prolongar más su lectura porque, además de parecerme tan increíble como tapizar un sofá con dos metros de tela, avivada la curiosidad y espoleada por la misma, hago esfuerzos intermitentes por controlar mis deseos de irme a la guía telefónica, buscar los apellidos del muerto y exigir una explicación al embrollo, pues no es fruto de mi imaginación lo que he leído, y desde luego no he tenido una fiebre lo suficientemente alta como para que me cause delirio o alucinaciones.
Y es que hay esquelas más complicadas que encontrar una lentilla en un lavabo lleno de agua, y más raras que cultivar moscas verdes en una pecera. Hace poco leí una con la que sentí más ansiedad que estar en un circuito de carreras, y donde decía (nombres y apellidos ficticios), “descanse en paz Aurelio Mendoza Vega. Su esposa, Carmen Santana Suárez. Hijos: José, Marta, Félix y Juan Gutiérrez Melián, y Juana, Vicenta y Aurelio Domínguez Vélez. Hijos políticos, tal y tal. Nietos, etcétera…” Y aún hoy continúo dándole vueltas a mi cabeza y con la visión de la foto del interfecto: más serio que un retrato y con una mirada de poco fiar (torina) y como para haber sido analizada por Sigmund Freud. Y es que como entiendo que la vida es un sorbo (buche), a veces prefiero no leer las esquelas y dejar despejada la mente, porque además de que quedo traspuesta y pierdo toda voluntad de disfrutar del día, si no lo hago así, este tipo de aviso mortuorio se me agarra al cerebro como sujeto con velcro y no es plan, porque para servidora la vida es un paquete-regalo con brillante lazo que contiene en su interior un diamante del tamaño de un garbanzo, sin pulir, pero diamante y es a nosotros a quienes nos toca pulimentarlo. Ay, Señor, qué cosas…

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