Artículo publicado hoy martes, 02/11/2010, en el diario La Provincia/DLP


DE TODO UN POCO
Donina Romero
NO ES MÁS FELIZ EL QUE MÁS TIENE…
Creo que realmente lo que nos hace felices no es tener más sino las cosas más sencillas, y creo también que debe ser muy difícil vivir siempre dentro de una burbuja llena de lujos y haciendo gala del poder económico en una continua línea de clara vanidad. No creo tampoco que la mejor cura de urgencia para levantar el ánimo en momentos de tristeza sea despertarnos por la mañana y encontrar un paisaje lleno de palmeras y buganvillas, visto desde la cristalera de un suntuoso dormitorio con colchón de plumas y edredón adamascado, o tomando el primer café del día en un supercómodo sillón de mimbre en una espléndida terraza con barandilla de hierro forjado, porque pienso que no es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita o con menos se conforma.
Y quizá porque estoy influida por un punto de vista escéptico hacia algunos prepotentes millonarios, no me siento nunca dispuesta a participar en sus conversaciones frívolas y opto por buscar mejores reuniones donde impere la sencillez y exista una actitud cultural activa.
Hace un tiempo fui invitada a una cena de buenos amigos en una hermosa mansión con soberbios jardines y elegantes muebles que ni en la dinastía Chin-Min, más un bombardeo de camareros que parecían sacados del camarote de los hermanos Max. La cena fue exquisita y todo era tan satisfactorio como tener controlado un catarro, mientras los estupendos anfitriones no paraban de afanarse por si todos los invitados nos encontrábamos bien y a gusto. En el agradable grupo que me tocó para la cena, un individuo, más pesado que la mano de un novio, tenía encendido a toda marcha el piloto de la vanidad (echón, echador), y andaba el hombre ansioso (desagallado), esperando un espacio entre conversaciones para meter su acentuado engreimiento y prepotencia que sólo conducían a lo rico que era y a cómo había llegado a obtener tales riquezas, o sea, intentando dar envidia (dar por los besos).
Mi compañero de mesa, un hombre de modesta apariencia pero de un carácter enérgico, intrépido y casi inflamado, aguantaba el temporal de aquellas vanidades sin esquivar ni una sola palabra, lo cual no me hizo sospechar en ningún momento que creyendo que compartía su frívola cháchara fuera a salir por donde salió, pues harto ya de tanta fantasmada con el dinero (perras, cuartos) le espetó de pronto (de golpe y zumbido), sin elevar el tono de voz y con una seguridad aplastante, “usted y yo no navegamos por el mismo mar, porque usted navega en yate y yo en chalana, y francamente donde hay humildad hay sabiduría y usted no me parece precisamente un hombre humilde”.
Pensé inmediatamente que servidora tendría que sacar la bandera de la paz al creer que el ricachón vanidoso, encerrado en sus trece, iba a comenzar una batalla verbal con mi valiente compañero, pero cedió callando mientras las aguas volvían a su cauce, y a mí me vino rápidamente a la mente, con respecto a mi compañero, aquella hermosa cita de Lichtenberg, “nada es más beneficioso para la serenidad del alma que no tener ninguna opinión”, de la que por una vez estuve en desacuerdo, porque a veces decir lo que uno piensa puede llegar a ser una excelente cura para el espíritu, tanto para quien así se atreve y expresa como para quien lo recibe. Que tengan un buen día.

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